sábado, 26 de febrero de 2011

¡MUCHAS GRACIAS HIJA

AL MAL TIEMPO BUENA CARA

Hoy es viernes, por fin ha llegado el fin de semana, al salir del colegio mi mamá ha venido ha buscarme.

‘¿Qué tal el colegio hoy?’ Me pregunta con una sonrisa.

‘Muy bien, hoy hemos estado jugando en el parque, pero me dolía un poco la rodilla y me he sentado a jugar con la arena.’

Mi madre pensó que me habría hecho daño, así que no le dio mucha importancia…

Pero los días y las semanas iban pasando y la molestia cada vez era mayor, por lo tanto mi madre me llevó al médico, pero me dijeron que a mi edad lo más normal es que fuera del crecimiento, que no tenía importancia.
Pasaban los meses, y a mí me seguía doliendo la rodilla, mi médico seguía empeñado en que era por la edad. Pero llegó un momento, en el que el dolor era muy fuerte, y el tamaño de mi rodilla izquierda era bastante más grande que el de la derecha.

Mis padres, cansados de no obtener ningún remedio, me llevaron al hospital de Toledo, allí me hicieron muchas pruebas, algunas me daban un poco miedo por el ruido, o por que se acercaban mucho, pero en la mayoría de ellas me dejaban dormir, y eso me gustaba. No sé que era lo que me pasaba, pero no era un constipado, mis padres parecían algo preocupados, estuve allí durmiendo unas semanas, tenía un pijama amarillo muy chulo, mi compañera de habitación le tenía igual, pero de color azul, ella era más mayor que yo pero no hablaba mucho. Al ir transcurriendo las semanas, mis padres me dijeron que me iban a llevar a un hospital de Madrid para hacerme más pruebas, pero yo seguía sin saber para que eran, no sabía que me pasaba, aunque, todo eso me empezaba a resultar extraño.

Una vez en Madrid, me repitieron algunas pruebas y me subieron a la planta de oncología, esa a partir de ese momento, sería “mi planta”. Una vez allí, los médicos me explicaban que me dolía porque tenía un ‘bichito’ en la pierna, y tendrían que operarme para ver si era bueno, o malo. A mí me pareció bien lo que querían hacer, al fin y al cabo me dijeron que no me dolería y que no me iba a pasar nada, y así de paso tenía unas vacaciones, antes de volver al colegio.

Pasadas unas semanas, me bajaron a quirófano y me durmieron, luego    dolió nada. Según decían me habían hecho una biopsia, ¡qué nombre mas raro! Pensé.

Al parecer el ‘bichito’ era de los malos, por lo tanto las vacaciones parecieron alargarse un poco más… y más. Yo seguía sin entender bien lo que me pasaba, me explicaron que me iban a poner quimioterapia, los nombres cada vez me resultaban más graciosos, no sabía lo que era, pero mi mamá me dijo que era como un veneno para matar al ‘bichito’.

Vino una enfermera a mi habitación, era muy simpática, bueno como todas. Y me dijo que me iba a pinchar en el brazo, para poder darme la primera dosis de quimioterapia, duraba unas horas, al principio no lo noté mucho, pero según me iban poniendo las dosis, era peor. Toda la comida me sabía mal, vomitaba mucho, me tiraba casi todo el día durmiendo, y no me apetecía muchas veces ni jugar, ni hablar, ni nada.
Pero cuando se me pasaba el mal estar, me lo pasaba muy bien, por las tardes venían ha vernos unos chicos y chicas que jugaban con nosotros a muchos juegos y si a veces, no podía salir yo, o alguno de mis amigos, porque teníamos las defensas bajas, ellos entraban a nuestra habitación a jugar con nosotros. Por las mañanas, después de que pasara el médico a verme, me subía al colegio, allí nos juntábamos todos los niños del hospital, hacíamos algunos deberes, y después de comer, teníamos la hora de manualidades. Durante el tiempo que estuve allí conocí a muchos niños como yo. Y juntos no lo pasábamos muy bien.

Yo seguía con el tratamiento, cada vez estaba más delgada, cuando volvía a mi casa, para esperar al próximo ciclo mi abuela me daba mucho de comer, aunque a mí no me apetecía nada. También, se me caía el pelo, me explicaron una vez, que ese veneno, mataba algunos bichitos buenos, pero no pasaba nada, luego me crecería otra vez el pelo. Mi madre para el sol me compró unos pañuelos muy bonitos que me ponía en la cabeza, los tenía de todos los colores, azules, rojos, amarillos, con flores, con estrellas… Todo el mundo me decía que iba muy guapa con ellos.

Regresaba al hospital cada mes, más o menos. Iban pasando el tiempo, y los médicos me dijeron que, tenían que operarme, porque si no el ‘bichito’ me podía hacer mucho daño, no es lo que yo hubiera elegido, pero al fin y al cabo era por mí bien. Durante esas semanas previas a la operación, la psicóloga del hospital quería hablar conmigo, pero yo no quería hablar con ella, era mi amiga y la quería mucho, pero sabía que me quería explicar como iba a ser la operación, y sabía que no me iba a gustar nada, así que me escondía de ella, no consiguió hablar conmigo… pero la noche antes de la operación mis papás me explicaron, que en la operación me tenían que cortar un trocito de pierna, yo me asusté mucho, pero como mis papás no tenían buena cara, estaban como preocupados, decidí no decirlos nada, ‘ no pasa nada’ dije en voz baja, y me quedé dormida.

Era el día de mi cumpleaños, después de las felicitaciones de todos los médicos, amigos, enfermeras… Me volvieron a bajar a quirófano, ese sitio ya le conocía, por lo tanto no me causó impresión, como la otra vez, me pincharon, para dormirme, yo veía a los médicos todo el tiempo pendiente de mí mientras me dormía, no entendía tanto revoloteo… Me desperté en la U.V.I. mi madre estaba a mi lado, tenía una expresión en la cara de cansancio y sobretodo de preocupación, yo, un poco atontada todavía, me incorporé, y levanté las sábanas, ¡qué me habían hecho!, pensé, era algo muy extraño, puesto que no era como otras amputaciones que había visto en otros niños, era una operación extraña, según me contaron, era una operación que solamente la tenían tres o cuatro personas en España; bajé las sábanas y miré a mi madre, y dije con una sonrisa, ¡qué bien mamá, ya estoy curada, ha sido el regalo de los médicos por mis años!, mi madre hecho a reír, no lo entendía pero tenía mucho sueño y me volví a quedar dormida.

Después de la operación, iba en silla de ruedas, y con un amigo mío echaba carreras por los pasillos, yo siempre ganaba, incluso alguna vez llegué a ganar a algún enfermero que me retaba, ¡era la más rápida!. Un día vino un hombre con bigote a cogerme las medidas para hacerme una prótesis, las palabras raras cada vez me sonaban más normales, al igual que las pruebas, y aquel entorno, incluso aprendí cosas como  tomar la tensión o el tipo de agujas que hay… era como mi segunda casa. Al cabo de un mes, aquel hombre me trajo la pierna, me daba miedo, y no quería usarla, prefería mis muletas, ya las conocía, me costó mucho aprender, a veces me hacía daño, pero me terminé acostumbrando.

Las estancias en el hospital cada vez eran mas cortas, igual que las de mis amigos, mi madre me contaba, que se habían puesto buenos, otros que habían cambiado de hospital para estar más cerca de casa, aunque ya no los veía, yo me alegraba por ellos, porque sabía que pronto yo estaría en casa también.
Ahora ya han pasado siete años, ya tengo edad, para entender todo lo que me pasaba, que era ese ‘bichito’ del que tanto hablaban, porque jugaban tanto con nosotros y nos cuidaban, también he entendido, que no todos mis amigos tuvieron la misma suerte que yo, era demasiado extraño no volver a coincidir en ningún lado con ellos, pero no lo pensaba, y que el cáncer es una enfermedad que todavía necesita mucha ayuda, también entiendo las caras de preocupación de todos los mayores, por eso mismo, he llegado a la conclusión, que en muchas ocasiones, para ser feliz, vale con tener la inocencia de un niño, que siendo ignorante en muchas cosas, las preocupaciones no afectan a tu cabeza.

 Y tener muy claro, que al mal tiempo, buena cara.



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